El blanqueo de Melquíades Álvarez por parte de Álvaro Queipo presidente del PP de Asturias.

Articulo publicado en CARTA DE LOS LECTORES del Diario LA NUEVA ESPAÑA


El blanqueo del politico y masón asturiano: Melquíades Álvarez por parte de Álvaro Queipo.

Hace unos días, el presidente del Partido Popular de Asturias, Álvaro Queipo, publicaba en LA NUEVA ESPAÑA un artículo dedicado a la figura política de Melquíades Álvarez, presentado bajo el significativo subtítulo de «referente de libertad y reformismo».

No es la primera vez que determinados sectores de la derecha asturiana intentan recuperar la controvertida figura de Triboniano, nombre simbólico con el que Melquíades Álvarez figuró en el seno de la logia Jovellanos, perteneciente al Gran Oriente Español y radicada en Gijón. Tampoco parece casual que esta recuperación se produzca mediante una lectura selectiva de su trayectoria, convenientemente despojada de aquellas facetas que resultan menos cómodas para el relato político que hoy se pretende construir por parte de una estrella fulgurante del Partido Popular.

Y aquí es donde conviene introducir una cierta cautela historiográfica.

La derecha asturiana parece empeñada, desde hace algún tiempo, en elaborar una reconstrucción política y mediática de determinados personajes de la historia regional a partir de una operación bastante conocida: seleccionar aquellos elementos del personaje que resultan funcionales al discurso presente y relegar al silencio -o directamente borrar- aquellos otros que lo contradicen.

Melquíades Álvarez es un caso paradigmático ya que tiene una trayectoria que difícilmente admite simplificaciones.

Melquíades Álvarez González fue un abogado de notable prestigio, político de primera línea y también un destacado miembro de la masonería española. Sobre su trayectoria masónica me ocupé ampliamente en "La Masonería en Gijón. Siglos XIX y XX. Nacimiento y desarrollo" (pp. 332-337).

Ingresó en la masonería en 1905 en la Logia Jovellanos del Gran Oriente Español, y desarrolló una trayectoria que le llevó a alcanzar, en 1923, el grado 18.º, Caballero Rosacruz. Su actividad masónica no fue, además, meramente testimonial, llegó a representar al Gran Oriente Español en Salónica y mantuvo una presencia relevante dentro de las estructuras de la masonería española.

Pero Melquíades Álvarez fue mucho más que un masón. Fue un abogado de enorme prestigio -llegaría a ser decano del Colegio de Abogados de Madrid- y, sobre todo, un político cuya trayectoria resulta difícil de encajar en las categorías ideológicas simplificadoras con las que hoy algunos pretenden presentarlo.

Precisamente por eso resulta problemática su actual canonización retrospectiva como simple «referente de libertad y el reformismo». Porque una cosa es reivindicar la importancia histórica de Melquíades Álvarez y otra muy diferente construir, a partir de él, un personaje político a la medida de las necesidades ideológicas del presente.

Del reformismo republicano al pacto con la derecha cedista

Melquíades Álvarez desempeñó un papel fundamental en la articulación del Partido Reformista, construido alrededor de un conglomerado de notables provinciales y nacionales que configuraron una estructura política profundamente personalista y, en buena medida, dependiente de las élites dirigentes y que muy bien retrataron diversos personajes como Antonio J. Oliveros en el libro "Asturias en el resurgimiento español" (1935),

Su trayectoria posterior tampoco puede entenderse al margen de las profundas transformaciones políticas de la España del primer tercio del siglo XX. El político republicano terminó evolucionando hacia posiciones cada vez más conservadoras, hasta desembocar en el Partido Republicano Liberal Demócrata y, durante el llamado Bienio Radical-Cedista, en una aproximación política a la CEDA. Esta evolución no constituye una anécdota secundaria de su biografía. Es, precisamente, una de las claves necesarias para comprender al personaje, e incluso entender las inclinaciones actuales del Partido Popular hoy en día hacia Vox.

Porque Melquíades Álvarez no fue un político de trayectoria lineal. Fue un hombre de contradicciones, de desplazamientos ideológicos y de alianzas políticas cambiantes. Su evolución le llevó desde el republicanismo reformista hacia un liberalismo conservador que terminó encontrando puntos de coincidencia con sectores de la derecha republicana y, particularmente, con la CEDA.

Y esa parte de su biografía no puede ser convenientemente amputada cuando se pretende convertirlo retrospectivamente en un precursor o referente inequívoco de la derecha liberal contemporánea. Su trayectoria política es bastante más compleja -y bastante más interesante- que esa cómoda reconstrucción donde la cuestión masónica tampoco es un detalle menor.

Existe además otro elemento que el relato de la actual reivindicación parece tratar con una llamativa ligereza: la relación de Melquíades Álvarez con la masonería.

Su aproximación a la CEDA y su posicionamiento político durante la Segunda República terminaron provocando una ruptura con sectores de la masonería española, hasta el punto de que fue expulsado de la organización masónica junto con algunos de los masones y los afiliados a las organizaciones melquiadistas a los cuales Melquiades les llevó a un callejón sin salida, como se ve en los informes de represión de la masonería.

Este hecho resulta especialmente significativo, no porque la pertenencia masónica convierta automáticamente a un político en representante de una determinada ideología -una simplificación que también sería históricamente inadmisible-, sino porque demuestra hasta qué punto su trayectoria política generó conflictos y contradicciones incluso dentro de los espacios políticos y asociativos en los que había desarrollado parte de su actividad.

Por tanto, presentar a Melquíades Álvarez como un personaje políticamente homogéneo es falsear precisamente aquello que hace historiográficamente interesante su figura.

La Semana Trágica y la defensa de Ferrer

Otro elemento que merece ser contextualizado es su posición ante la represión desencadenada después de los acontecimientos de Barcelona de 1909 y, particularmente, ante el proceso y ejecución de Francisco Ferrer Guardia.

Melquíades Álvarez manifestó una posición crítica respecto de su procesamiento y fusilamiento, una actitud que encaja con determinadas posiciones de su etapa reformista y con su defensa de determinadas garantías jurídicas y políticas.

Pero, de nuevo, la historia no puede construirse a base de estampas aisladas.

Que Melquíades Álvarez defendiera determinadas posiciones frente a la represión política no convierte automáticamente el conjunto de su trayectoria en un antecedente ideológico de quienes hoy pretenden reivindicarlo. Del mismo modo, su conocida intervención como abogado defensor de José Antonio Primo de Rivera tampoco puede ser utilizada de manera fragmentaria para construir un personaje político distinto del que realmente fue.

Una biografía histórica no es un álbum de cromos ideológicos del que cada cual pueda escoger únicamente aquellos que le resulten convenientes, por tanto, habrá que preguntarse ¿Quién fue realmente Melquíades Álvarez?

La frase que expresó José Bono con motivo del 90.º aniversario de la muerte de Melquíades Álvarez resulta, en este contexto, particularmente expresiva: para unos fue «un traidor a la República»; para otros, «un peligroso republicano». Más allá de la formulación concreta, la disyuntiva refleja algo mucho más importante: la dificultad de encerrar a Melquíades Álvarez en una etiqueta política simple.

Y precisamente ahí reside el problema del actual proceso de blanqueamiento, porque recuperar históricamente a Melquíades Álvarez es perfectamente legítimo. Estudiarlo, reivindicar sus aportaciones al parlamentarismo, analizar su pensamiento liberal y reformista o reconocer su trayectoria jurídica y política resulta no solo legítimo, sino necesario.

Lo que resulta intelectualmente discutible es despojar al personaje de sus contradicciones para fabricar un Melquíades Álvarez políticamente utilizable en el presente. Eso no es historia. Es construcción memorial, y la diferencia digamos que no es menor.

La apropiación retrospectiva de los personajes históricos

La historia está llena de personajes incómodos que, con el paso del tiempo, son sometidos a operaciones de apropiación política. Se seleccionan determinadas frases, determinadas actuaciones, determinados momentos biográficos y, mediante una cuidadosa operación de poda, se eliminan todos aquellos elementos que no encajan con el relato contemporáneo, como por ejemplo otra figura asturiana como es otro notable reformista Mariano Merediz Díaz Parreño, prestigioso abogado, Diputado Nacional en 1933, y fue victima de las " Sacas de La Iglesiona," que permanece huérfano de reivindicaciones sociopolíticas.

El resultado es que son personajes reconocibles por el nombre, pero profundamente distintos a los personajes históricos, eso es, a mi juicio, lo que está ocurriendo con Melquíades Álvarez o con Mariano Merediz.

Y ahora el Sr. Álvaro Queipo reivindica la figura de Triboniano apelando a la libertad, al reformismo, al respeto a la ley y a las instituciones. Son valores perfectamente legítimos y, por supuesto, no existe razón alguna para negar que Melquíades Álvarez participara activamente en la defensa de algunos de ellos, pero me repele que quienes apelan al respeto por la ley, las instituciones y la historia deberían ser especialmente cuidadosos a la hora de manipular el pasado mediante selecciones interesadas. Porque respetar la historia significa también respetar sus contradicciones.

No se puede convertir a Melquíades Álvarez en «uno de los nuestros» mediante una operación retrospectiva de cirugía biográfica. Ni se puede presentar su asesinato como el simple resultado de una barbarie abstracta, descontextualizada de la enorme complejidad política y social de la España de 1936.

Por supuesto que su asesinato fue un crimen. Por supuesto que merece condena y memoria. Pero condenar un asesinato no exige fabricar una biografía.

No se pueden hacer trampas en el solitario. Podemos, y debemos, sentirnos orgullosos de determinadas figuras de nuestra historia con todas las consecuencias. Pero ese orgullo no debería exigirnos ocultar aquello que no encaja en nuestra interpretación política.

Melquíades Álvarez fue un personaje extraordinariamente complejo: abogado, parlamentario, republicano, reformista, dirigente político, masón, liberal y, finalmente, un político que evolucionó hacia posiciones de centro-derecha y estableció alianzas con sectores cedistas.

Ese es el Melquíades Álvarez que interesa a la historia. El otro, el personaje depurado de contradicciones, reducido a «referente de libertad y reformismo» y convenientemente separado de todo aquello que incomoda al relato político contemporáneo, pertenece más al terreno de la construcción memorial que al de la historiografía. Por eso convendría pedirle al Sr. Queipo un poco más de rigor. T al vez como decía uno de mis mentores Rogelio Bustamante. jurista y un excelente catedrático de Historia del Derecho, el tema de Queipo " Pero no veas menos ignorancia que maldad, digamos que se unen las dos cosas primero se deforma a la personalidad y después se ignora su grandeza."

Si se quiere reivindicar a Melquíades Álvarez, hagámoslo. Pero hagámoslo sin blanqueamientos, sin amputaciones biográficas y sin convertir la historia en una sucursal de la política contemporánea.

Porque una cosa es recuperar a un personaje histórico y otra, bastante distinta, apropiárselo, y cuando se pretende esto último, al menos convendría no olvidar que la historia tiene memoria.

Y que, a diferencia de la propaganda, la memoria histórica no admite fácilmente los tijeretazo al uso.

Victor Guerra . Historiador de la Masonería

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